Con las botas de senderismo bien ajustadas y los cascos firmemente colocados, estábamos listos para adentrarnos en las profundidades de Puerto Rico, siguiendo los pasos de nuestros ancestros taínos y descubriendo la flora y fauna endémicas de la Reserva Natural Las Cabachuelas. Mochilas aseguradas y corazones palpitando de emoción, emprendimos el camino. Este no es un viaje cualquiera: es una conexión con la naturaleza y un viaje a través del tiempo.
Ubicada entre las verdes colinas del pueblo de Morovis, esta reserva alberga uno de los destinos de ecoturismo más fascinantes de Puerto Rico: las Cavernas de Las Cabachuelas. Esta vasta red de más de 60 cuevas, cavernas y sumideros interconectados ofrece una ventana a la historia geológica y cultural, con muchas de ellas adornadas con pictografías, petroglifos y vestigios arqueológicos de los antiguos habitantes de la Isla.
Un apasionado grupo de expertos y conservacionistas ha asumido la misión de proteger y compartir este increíble tesoro natural. Proyecto Cabachuelas, conocido como Cabacoop, ha transformado la Reserva Natural Las Cabachuelas en un santuario y aula viviente, dedicada a preservar el patrimonio cultural, promover la educación ambiental, ofrecer una experiencia ecoturística inolvidable en Puerto Rico y fomentar la participación comunitaria.
Entrando a Los Gemelos: Regreso a los tiempos de la Guácara
Como parte de una excursión del equipo para explorar los tesoros naturales de Puerto Rico, nos encontramos en el corazón de Morovis, guiados por dos miembros de Cabacoop, Myriam Rivera y Félix Meléndez, quienes conocen esta tierra como la palma de su mano. Nos conducen por un sendero serpenteante rodeado de un frondoso bosque.
“Este es un camino ancestral, solo los humanos lo han recorrido. Nuestros ancestros taínos lo usaban y ahora seguimos sus pasos”, dice Myriam mientras nos guía. A medida que ascendemos, nuestras botas resbalan ligeramente sobre el terreno irregular; el camino se vuelve más empinado bajo nuestros pies.
Entonces, justo adelante, la boca de la cueva se abre ante nosotros, una entrada de piedra caliza rugosa, con bordes irregulares moldeados por el tiempo y la erosión. Las paredes ásperas y texturizadas están cubiertas de vetas minerales y parches de musgo, que aportan matices de verde y marrón. El aire es fresco y húmedo, con un aroma a piedra mojada y tiempo, como si el pasado aún se aferrara a las paredes. En la entrada, un petroglifo con un rostro tallado se alza como un recordatorio solemne, grabado con las huellas de nuestro legado.
“¿Alguna vez has escuchado la frase ‘tiempo de las guácaras’?”, pregunta Félix.
Mi mente regresa a aquellos momentos en que mi abuela usaba esa expresión en sus historias, refiriéndose a algo tan antiguo que parecía provenir de otra vida. Es una frase coloquial muy común para hablar de algo que ocurrió hace muchísimo tiempo.
“La palabra guácara significa ‘cueva’ en el idioma taíno, de ahí proviene la expresión”, explica Félix mientras encendemos las luces de nuestros cascos y damos el primer paso hacia el interior.
El mundo exterior se desvanece, reemplazado por una vasta caverna adornada con estalactitas blancas, cuyos lentos goteos resuenan al caer sobre el suelo terroso. Seguimos el sendero mientras el espacio se amplía gradualmente: el techo se eleva, enormes estalactitas cuelgan sobre nosotros y gruesas estalagmitas emergen del suelo. A lo lejos, una abertura natural en el techo permite que la luz brillante atraviese la oscuridad, proyectando un resplandor casi místico sobre las paredes de la cueva.
Estas cavernas son mucho más que una maravilla geológica: ofrecen una rara ventana al pasado prehistórico de Puerto Rico. Aquí se han descubierto fósiles de especies ya extintas, junto a manifestaciones artísticas dejadas por los primeros habitantes de la Isla.
Nuestros guías nos conducen más adentro, hasta un pictograma extraordinario—una antigua forma de comunicación y arte. Iluminan una figura antropomorfa con grandes ojos circulares y extremidades extendidas, dibujada en una de las paredes de la cueva.
“Este dibujo, típico de la cultura arcaica, se cree que representa gemelos unidos o el nacimiento de gemelos. El nombre de la cueva, Los Gemelos, se inspiró en este antiguo pictograma, que también adoptamos como símbolo y logotipo de la cooperativa”, explica Myriam.
Esta misteriosa obra de arte tiene más de 2,000 años de antigüedad, lo que la convierte en una de las más antiguas conocidas en todo el Caribe.
Cara a cara con los insectos ancestrales de Puerto Rico
Luego, Félix desaparece brevemente entre las sombras y regresa con una sonrisa, sosteniendo algo entre sus manos. Las abre y revela un insecto plano que se extiende a lo largo de toda su palma. “¿Sabían que Puerto Rico tiene su propia cucaracha endémica? Esta especie vive exclusivamente en ciertas cuevas de la Isla y puede alcanzar hasta tres pulgadas de largo. Es más boricua que cualquiera de nosotros”, explica. Mirándome, añade: “¿Quieres sostenerla?”
“Claro”, respondo con cierta duda, extendiendo la mano. Félix empuja suavemente la cucaracha con el dedo, guiándola hasta mi palma. Sus diminutas patas me hacen cosquillas en la piel mientras corre por mi mano y sube por mi brazo. La devuelvo rápidamente, sin imaginarme la siguiente sorpresa que nuestros guías tenían preparada.
En otro momento, Félix vuelve a desaparecer y regresa con un enorme guabá, también conocido como escorpión látigo sin cola—un gran arácnido cavernícola nativo del Caribe. Parece salido de un mundo prehistórico, con un cuerpo plano y segmentado, patas largas y delgadas, y unos apéndices delanteros extremadamente alargados que usa como antenas para explorar su entorno. No sabía si sentirme fascinada o aterrada.
“¿Han visto la cuarta película de Harry Potter (Harry Potter y el cáliz de fuego)? El arácnido que usan para demostrar un hechizo es este mismo. ¿Alguien quiere sostenerlo? Es inofensivo para los humanos”, dice Félix, sonriendo mientras lo sostiene en alto e invita al grupo a observarlo de cerca. Yo sacudo la cabeza tan rápido que casi se me cae el casco. Ya lo he decidido: estoy aterrada—no hay manera de que toque eso.
Solo un valiente se ofrece a sostenerlo, mientras el resto observa con una mezcla de miedo y fascinación.
Félix suelta una risa y, con cuidado, devuelve la criatura a su escondite antes de guiarnos nuevamente hacia la entrada de la cueva.
Hacia la próxima cueva: conociendo a los residentes de la Cueva Estancita
Después de dejar atrás Los Gemelos y toda su historia, emprendemos el regreso por el camino ancestral, que nos conduce hasta un pequeño manantial donde mariposas monarca revolotean con gracia. Nos turnamos para lavarnos las manos y salpicarnos el rostro con agua fría antes de colocarnos nuevamente los cascos y continuar la travesía hacia otra cueva: la Cueva Estancita. ¿Qué hace a esta cueva tan especial? ¡Es el hogar de una colonia de murciélagos!
La entrada está envuelta en oscuridad, pero antes de adentrarnos, Myriam nos indica ajustar las luces de los cascos y cambiarlas a color rojo. “Las luces brillantes pueden asustar a los murciélagos”, advierte mientras me ayuda a ajustar la mía. “Y si caen, no pueden volver a levantarse.”
Descendemos por una amplia entrada que se inclina suavemente hacia abajo, llevándonos a una imponente cámara con un techo que se eleva muy por encima de nosotros. Delicadas estalagmitas y estalactitas en forma de agujas adornan el espacio, formando una impresionante catedral natural. A medida que avanzamos más adentro, la oscuridad nos envuelve, rota solo por los haces rojos de nuestras linternas que barren las paredes de piedra milenaria. El sonido de chillidos y aleteos llena el aire; nos envuelve por completo en la atmósfera viva de la cueva.
Créelo o no: ¡los murciélagos son los únicos mamíferos nativos que quedan en Puerto Rico! Mientras que otros mamíferos fueron introducidos con el paso del tiempo, estos verdaderos boricuas han habitado la Isla durante millones de años, dominando los cielos nocturnos como diminutos y peludos guardianes del ecosistema.
Esta colonia en particular pertenece al murciélago frugívoro antillano, conocido localmente como murciélago frutero. Son pequeños y, como su nombre indica, se alimentan principalmente de frutas. “Son polinizadores esenciales, ya que dispersan semillas, especialmente de plantas tropicales, y contribuyen a la reforestación”, explica Félix. “Su guano, el excremento acumulado de los murciélagos, también puede recolectarse y utilizarse como fertilizante.”
Hacia el fondo de la cueva, la oscuridad se hace más densa mientras nos acercamos a un pozo vertical—una abertura imponente que se extiende hacia arriba y hacia abajo. Los murciélagos giran juntos en patrones hipnotizantes, moviéndose al unísono como una corriente viva. A la tenue luz roja, observamos su danza: un recordatorio del delicado equilibrio de la vida dentro de la cueva. Nuestras luces se reflejan en las paredes, revelando destellos rojizos ocultos en la roca, mientras sobre nuestras cabezas los murciélagos se deslizan en silencio, con sus alas cortando el aire como sombras en movimiento.
Murciélagos. Muchos murciélagos. Más de lo que esperaba, sinceramente.
Con una última mirada hacia ellos, emprendemos el regreso hacia la entrada, siguiendo los rayos lejanos del sol y dejando a los murciélagos en paz, en su antiguo hogar.